Suiza día 2: Zurich

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En tren a Zurich

Nuestro segundo día en Basilea nos fuimos de excursión a Zúrich. Antes las peques habían estado deleitándose desde la ventana de nuestra habitación con las obras de la acera de enfrente. La verdad es que la excavadora era hipnótica y desde allí teníamos una vista privilegiada xD
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Nos dirigimos a la Estación Central de Basilea, desde donde partía el tren hacia Zúrich.
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Estación Central de Basilea
El sistema es muy fácil, te acercas a las máquinas, seleccionas el destino y listo, hasta un niño lo puede hacer :P. Además las máquinas están en español.
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Los trenes son muy cómodos y algunos tienen vagones para niños. En esta ocasión nosotros viajamos en un vagón normal y en poco menos de una hora estábamos en nuestor destino.
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Zúrich

Zúrich es la ciudad más poblada de Suiza, con más de 400.000 habitantes, centro financiero del país y sede de diversas multinacionales. Eso se nota ya en la Estación Central, que es la más antigua y también la más grande del país y cuenta con numerosas conexiones y gran circulación de trenes.
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Estación Central de Zurich
Sabíamos que Zúrich es de las ciudades más caras del mundo, el secreto bancario suizo y todo lo que conlleva y, quizá por eso, pensábamos que iba a ser una ciudad financiera sin alma pero ¡nada más lejos de la realidad! Es una de las ciudades con mayor calidad de vida del mundo y se nota en cada esquina, ¡con deciros que yo me hubiera quedado a vivir allí!  Para empezar lo que te reciben no son rascacielos, si no casas bajitas y avenidas amplias.
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La avenida Bahnhofstrasse se extiende desde la estación hasta el Lago Zurich. Es la más importante de la ciudad, pudimos ver exclusivas tiendas de lujo de moda, accesorios, bancos...  Y muchos edificios engalanados con la bandera suiza y la bandera del cantón de Zúrich. Cuanto más cerca del lago, más caras y exclusivas las tiendas.
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Centro comercial histórico Annahof
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Zona peatonal de Niederdor 
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Chocolatería y bombonería 
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Calle peatonal Widdergrassse
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Friso histórico en un edificio de Rennweg, 27

Lindenhof

Nos perdimos por las estrechas calles peatonales vestigio de la época medieval y, sin planearlo, acabamos en Lindenhof, el pulmón verde de la ciudad. Aquí hay un gran parque perfecto para estar a la sombra los días de calor, un parque infantil, baños públicos y un precioso mirador donde maravillarse por las aguas turquesas del río Lemago (Lemmat)
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Vistas de Zúrich desde Lindenhof
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Un pequeño descanso activo para las peques
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Unos novios haciéndose fotos
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Fuente y monumento a Hedwig (la María Pita zuriquesa)
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Pasadizo en el barrio de Schipfe
  

Las tres iglesias de Zúrich

Cruzamos el río para llegar a Grossmünster, la catedral de la ciudad que data del siglo XII. Sus dos torres, románicas con rematado neogótico, son una seña de identidad inconfundible del perfil urbano de la ciudad.
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Münsterbrücke, el Puente de Münster, al fondo
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Exterior
En su interior alberga unas vidrieras  de Alberto Giacommetti
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Vidrieras de Giacometti
En la cripta hay unos murales del siglo XIV y una estatua de Carlomagno que originalmente se encontraba en una de las torres, pues la iglesia original es de origen carolingio.
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Estatua de Carlomagno
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Detalle de las pintura de la cripta
Alguien estaba tocando el órgano, que resonaba por toda la catedral.
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Enfrente de la catedral pero al otro la do del río está la Iglesia de San Pedro (Peterskirche) con su característica torre, que forma parte de numerosas postales de Zurich.
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En ese mismo lado del río también se encuentra la Iglesia de la abadía de Fraumünster que fue construida sobre una antigua abadía cuya abadesa llegó a ser la máxima dirigente de la ciudad por los privilegios concedidos. También cuenta con vidrieras de Giacometti y de Marc Chagall.
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Lago de Zúrich

Tras una breve parada para comer (Restaurante Santa Lucía) nos dirigimos al preciosísimo, prístino y bucólico Lago de Zúrich o Zürisee del que me enamoré perdidamente. Y es que el paisaje es espectacular, pura naturaleza y, además, al lado de la ciudad. Sin duda por algo Zúrich y los zuriqueses viven tan bien y puntúan tan alto en calidad de vida. Definitivamente me hubiera quedado a vivir allí.
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El lago, ahora turquesa, ahora celeste, parecía tal cual el mar. Abarcaba toda la vista, sólo se veía azul por todas partes. Pequeñas y grandes embarbaciones lo surcaban y sus brillantes aguas invitaban a un chapuzón.
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Estábamos en la terminal de ferrys. Desde esa zona, varios barcos a vapor y a motor permiten hacer distiontos recorridos circular por el lago y descubrir sus encantos.
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Nosotros nos acercamos a uno de los seebad, que son zonas habilitadas para bañarse en los lagos, muy típicas en verano, con plataformas de madera, acceso al agua, restaurantes y a veces sauna o actividades. Se paga entrada, y uno de los más famosos de Zúrick es Seebad Enge.
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Seebad Enge
Pero al ir con las niñas no lo vimos muy claro, además de que estaba bastante petado, así que preferimos parar en el Rentenwiese, un pequeño prado donde parecía que estaba la mitad de la población y que tiene acceso gratuito al lago. Como llevábamos el carrito de la peque, aprovechamos para cargar en el cesto un par de toallas pequeñas y los bañadores, por si se terciara la ocasión. Y la ocasión se terció.
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El agua del lago es, según dicen, la más limpia de toda Suiza, y la temperatura del agua era ideal. ¡Además te bañabas con patos y cisnes! El único inconveniente, como nos había pasado el día anterior en el Rin, eran las piedras para entrar en el agua.
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Disfurtando del baño en el lago
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Patos y cisnes como compañeros de nado

Limmatquai

De vuelta a la ciudad tras refrescarnos y tomar unos helados, volvimos por el Limmatquai, repleta de tiendas y restaurantes. 
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El animado Limmatquai
En los bajos de la Helmhaus, una pequeña galería de arte, rellenamos las botellas con agua fresquita. Ese fue otra cosa que nos encantó de Suiza, fuentes públicas por todas partes, que con el calor que hacía se agradecía un montón.    
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Fuentes públicas por doquier
Nos perdimos por entre las calles una vez más y terminamos en el Cabaret Voltaire, donde se cree que  comenzó el dadaísmo
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De regreso a la estación de tren tomamos nuestro tren con destino Basilea. Tuvimos suerte y pudimos encontrar asientos, porque los que llegaron más tarde tuvieron que ir en las escalera o donde buenamente encontraban un hueco libre.
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