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 Conociendo Oslo

La primera mañana en Oslo nos recibió con un sol espectacular que hacía que nos sobrasen todos los abrigos. Desayunamos con calma en el hotel, disfrutando del comienzo de nuestras vacaciones y desperezándonos, pues habíamos dormido poco al haber llegado tan tarde el día anterior.

Oslo tenía pinta de tranquila. Es una capital relativamente pequeña, de unos 600.000 habitantes a donde el turismo masivo todavía no ha llegado. Fue fundada en el siglo XI por el rey Harald III, pero no se convertiría en capital hasta el siglo XIV, con Harald V, quien fijó aquí definitivamente la residencia real. Sin embargo, nunca fue una ciudad demasiado importante hasta el siglo XVIII. Durante los años de unión con Dinamarca no tenía apenas influencia, y posteriormente varios incendios arrasaron casi toda la ciudad, reconstruyéndose posteriormente y renombrándose Christiania. A partir del siglo XVIII empezó a ganar influencia a medida que crecía la industria y el comercio marítimo. Hoy en día es una de las ciudades con mejor calidad de vida, pero también una de las más caras.

De Paseo por Karl Johans gate

El Palacio Real de Oslo es una construcción del siglo XIX, de estilo neoclásico, de líneas muy simples. De hecho, nos sorprendió lo accesible que era, sin vayas, sin jardín, sin pompa. No se empezó a usar como residencia real permanente hasta el siglo XX y sólo se puede visitar en verano, cuando los reyes se mudan a su residencia estival en la península de Bygdøy.

Enfrente del palacio, una estatua ecuestre de Carlos Juan mira hacia una de las calles principales de Oslo, que lleva su nombre, Karl Johans gate, que empieza en la Estación Central y termina precisamente en el palacio real.

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Palacio Real de Oslo

Bajando por esa calle, la siguiente construcción a la izquierda es la Universidad de Oslo, en concreto su Facultad de derecho, también de estilo neoclásico.

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Facultad de derecho de la Universidad de Oslo
Enfrente de la universidad se encuentra el Teatro Nacional de Oslo, 
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Teatro Nacional de Oslo, fachada lateral
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Escultura de Ludvig Holberg, considerado el padre de la literatura noruega y danesa.

Ayuntamiento de Oslo

Abandonamos por un momento la calle Karl Johan para acercarnos al Ayuntamiento de Oslo, un moderno edificio construido en 1930. Tiene un diseño muy original, con dos torres casi simétricas de ladrillo rojo que desde luego no dejan indiferente. A mi me encantó, y al resto de los noruegos se ve que también, pues fue elegido estructura del siglo por votación popular.
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Ayuntamiento de Noruega
Y si el edificio por fuera ya impacta por su volumen, por dentro es una pasada (¡y es gratis!). Tiene un hall super amplio, decorado de mosaicos y pinturas alegóricas. En definitiva, un escenario inmejorable para la celebración de los Nobel de la Paz, que son entregados aquí anualmente.
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El interior del ayuntamiento nos dejó sin palabras
La decoración abarca las cuatro paredes y el techo, además del suelo. No sabías donde mirar, pero todo era precioso. El hall es un espacio abierto y muy diáfano, y el piso superior también tiene una balaustrada hacia esta zona.
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Por supuesto el primer piso también se puede visitar. La primera sala que se visita es la Sala Munch, donde se expone uno de los cuadros de este pintor.
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A continuación se encuentra la Sala del Banquete, donde tiene lugar el banquete posterior a la ceremonia de entrega del Nobel y que tiene unas preciosas vistas al fiordo de Oslo.
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Vistas al fiordo desde la Sala del Banquete
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Vistas de los muelles desde el ayuntamiento
Después pasamos a otra sala espectacular, la Festgalleriet o Galería de las Celebraciones con paredes decoradas con tapices y mármol. Espectacular.
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Posteriormente se llega al Salón de plenos, donde tienen lugar las reuniones y donde tamibén nos entretuvimos viendo el sistema de votación.
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Y si ya pensamos que habíamos visto todo, subimos al segundo piso y nos encontramos con la Galería del Este o Sala Krogh, con un espectacular mural "La ciudad y sus alrededores" que nos volvió a dejar boquiabiertos.
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Ni que decir tiene que salimos obnubilados. Mietnras papá y peques reponían fuerzas en un parque al lado del ayuntamiento, yo me fui hasta la parte del puerto para investigar el tema de los ferrys para el día siguiente y me encontré una preciosa plaza muy animada que inevitablemente me recordaba a Estocolmo, pero con otro aire. Absolutamente in love con esta zona.
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Un lugar donde quedarse a ver pasar la vida.
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Ferrys a la isla de Bygdøy, que visitaríamos al día siguiente.
Por si fuera poco las calles de esta zona tienen nombre de exploradores polares como Nansen y Amudsen, de los que conoceríamos más detalles al día siguiente también. Mr. Knook estaba extasiado, pues hacía poco había escuchado un podcast de expediciones polares.
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Volviendo a Karl Johan gate llegamos hasta el Parlamento de Noruega, Stortinget.
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Catedral de Oslo

En la parte izquierda de la calle hay una pequeña iglesia que es la Domkirke, la Catedral de Oslo. Ya nos estábamos acostumbrando al estilo nórdico, todo simple y sin estridencias. Pues la catedral, también. Un edificio bastante simple, de ladrillo, cosntruido en el siglo XVIII. Durante años, fue el edificio más alto de la ciudad. 
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Justo en esta zona, en el Parque de la Catedral, la escultura Rosas de Hierro rinde homenaje a las víctimas de los atentados de 2011. Son 1.000 rosas de hierro forjadas a mano por supervivientes, familiares de las víctimas y herreros de todo el mundo. Sobrecoge.
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El interior de la catedral también es muy sobrio, sobre todo para nosotros, acostumbrados a iglesias barrocas. Pero no por ser simple es menos bonito. Y además, también era bastante acogedora. Aquí se celebran bodas y bautizos de la familia real noruega.
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Tras la visita a la catedral, seguimos bajando la calle hasta terminar en la estación central y su famosa Escultura del tigre. Es una escultura de bronce que conmemora el milésimo aniversario de la ciudad, que se cumplió en el año 2.000. Y es un tigre porque a Oslo se la conoce como la Tigerstaden  o la Ciudad del Tigre.
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Ópera de Oslo

Y ya por fin, nos adentrábamos en una de las zonas más chulas de la ciudad, la zona de la Ópera. En esta parte, pegada al Fiordo de Oslo, se encuentra el espectacular edificio blanco, mármol y vidrio de la Ópera de Oslo que se inauguró en 2008. El diseño invita a disfrutar toda la estructura y a subirse a los tejados, desde donde se crea un mirador natural.
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Obvio tampoco lo íbamos a perder por dentro. Estaba decorado en roble, aportando mucha calidez . Ya nos habíamos dado cuenta de que en muchos espacios se priorizaba la madera en interiores en vez de piedra o alternativas plásticas y nos encantaba. Además el interior es también muy luminoso. 
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Aprovechamos para comer allí, porque otro sitio abierto por la zona estaba difícil. Fue caro y las raciones eran mínimas pero no se come todos los días en un edificio así, estuvimos a gusto y, básicamente, las alternativas nos pillaban ya lejos y fuera de hora xD (Restaurante Restauranthuset Operaen).
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Tras la comida paseamos por la zona, donde también se encuentra el Museo Munch -pronúnciese Munk-, que visitaríamos al día siguiente.
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Museo Munch desde la ópera

Pero es que a los pies del museo se encontraba también una playa, Operastranda, o sea, la playa de la Ópera. Y, vaya, que como que hacía un día tan espectacular no nos pudimos resisitir y allá que fuimos por lo menos a probar el agua.
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Operastrand, la playa de Oslo
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También pudimos apreciar saunas, donde la gente después de su sesión de sauna se tiraba a las aguas del fiordo que estaban congeladas.
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Sí. amigos, a 7C nada menos, se me congelaban los pies mientras posaba para la foto con la ópera de fondo. Sin embargo, mis hijas, especialmente la pequeña, se pegaron un buen baño.
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De vuelta hacia el hotel, otra vez por Karl Johans gate, el ambiente se empezaba a animar. Ahora había muchísima gente sobre todo bajando por la calle, y resultaba un poco agobiante porque nosotros íbamos en dirección inversa.
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Pasado el parlamento la cosa se aligeró, y nos volvimos a acercar al ayuntamiento para despedir el día.
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Rumbo a Oslo

En abril de 2025 decidimos hacer una escapada a Oslo, aprovechando que desde Oporto hay vuelo directo. Era la primera vez que volábamos vía Oporto y la experiencia fue muy buena (tanto, de hecho, que en diciembre repetimos). El aeropuerto es bastante manejable y funciona bastante bien. Además dejamos el coche en un parking cercano al aire libre, lo único malo fue que nos cayó la del pulpo en el trayecto entre el parking y la terminal, y teniendo en cuenta que llevabábamoos dos maletas de mano y un carrito para la peque, apenas nos quedaban manos para sujetar los paraguas.

El vuelo era de tarde y tardaba unas 4 horas. Nuestra mayor preocupación fue que las niñas descansaran algo porque aterrizábamos tarde y no queríamos que empezaran el primer día privadas de sueño. No lo conseguimos... Y eso que a mitad de vuelo apagaron las luces, pero estaban demasiado excitadas.

La otra preocupación era aterrizar en hora, porque si nos retrasábamos nos quedaríamos sin transporte público, ya que el metro y los trenes cierran entre las 0:30 y la 01:00 a.m. 
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Viendo llover desde la ventana del avión. La lluvia nos retrasó un poco el vuelo.
  
Y casi casi no lo logramos pero conseguimos subir al último metro dos minutos antes de que arrancaran. Las niñas, ahora sí, se quedaron fritas. Era la una de la madrugada.
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El hotel estaba a10-15 minutos andando de la parada de metro (Hotel Scandic Solli), así que confiando en la seguridad de los países nórdicos ahí estábamos nosotros a las dos de la mañana, prácticamente solos por la calle con dos niñas y un carrito, dispuestos a empezar nuestras vacaciones.
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 En tren a Lucerna

Esta vez tocaba ir dirección Lucerna, para lo que repetimos lo que habíamos hecho el día anterior sólo que cambiando de destino en la estación central de Basilea.
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Letrero 
Esta vez, como teníamos un poco más de tiempo nos paramos a analizar las informaciones de los letreros de la estación, que te indicaban la clase de cada vagón, la ocupación y las características de cada vagón (si tenía servicio, acceso para bicis o carritos, etc.)
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Letrero indicando la clase de cada vagón
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Letreros indicando baños, vagón infantil, ocupación ,etc.
Elegimos el vagón infantil y la verdad es que era superguay, todo decorado con dibujos y con juegos en la mesa. Las niñas lo gozaron. Y lo mejor es que estábamos casi solo y no molestábamos a nadie.
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Decoración del vagón infantil
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La mesa para jugar con juegos ya pintados.

Lucerna

En Lucerna desembocamos en la estación central, muy céntrica. La ciudad no es muy grande, tiene unos 200.000 habitantes, pero es la ciudad más turística de toda Suiza. Se encuentra enclavada entre montañas, y, como no, también tiene un precioso lago con su mismo nombre.
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Bienvenidos a Lucerna

Kappelbrücke

La atracción más visitada de la ciudad es el Kapellbrücke o puente de la capilla que atraviesa el río Reuss de una orilla a otra. Se trata de un puente de madera de poco más de 200 metros de longitud, construido en el siglo XIV y que atraviesa también la Wasserturm o la torre del agua, la torre octogonal de piedra construída a su vez en el siglo XIV. Es, según dicen, el puente de madera más antiguo de Europa.

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La zona es fotogénica por los cuatro costados, así que nos entretuvimos en sacar unas cuantas fotos.
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El interior del puetne acoge varias pinturas triangulares del siglo XVII y muestras escenas de Lucerna y su historia.
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Ya en el otro lado del puente nos perdimos por las calles y encontramos un montón de fachadas interesantes y bonitas. Sin embargo, en algunos puntos teníamos la sensación de que todo era un decorado turístico, lleno de tiendas de recuerdos y de restaurantes.
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Monumento al León

El León dormido o Löwendenkmal es otro de los sitios más conocidos de Lucerna. Incrustado en la roca, recuerda a los soldados suizos caídos durante la revolución francesa. Justo al lado de se encuentra el Jardín del Glaciar, que anunciaban con mucho bombo pero desde fuera no nos pareció cutre y carísimo.
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La siguiente parada fue la Hofkirche o Iglesia de San Leodar, que fue construida por Carlomagno en el siglo VIII y de la cual hoy en día sólo sobreviven sus torres tras un devastador incendio.
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Las puertas de entrada llaman la atención. Son robustas puertas de madera, con grabados de los santos patronos de la ciudad. San Leogar a la izquierda y San Mauricio a la derecha.
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En su interior destacan el altar y el púlpito en madera y un impresionante órgano, uno de los más grandes de Suiza, con más de 6.000 tubos. Además tuvimos la suerte de que lo estaban tocando ese día, y el sonido reverberaba por toda la nave, inundando cada rincón.
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El lago de Lucerna

Desde la iglesia, que se encontraba en un alto, iniciamos el descenso hacia el lago y, ahí sí, nos quedamos embobados. ¡Menudo paisaje! Las montañas se confundían con el cielo y el mar, y todo imbuía una sensación de calma y serenidad. Si hasta entonces Lucerna había tenido sus luces y sus sombras, esta vista nos reconcilió con ella, ya sólo por ese lago y ese paseo merecía muchísmo la visita.
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En esta zona hay un gran paseo arbolado que llega hasta el casino, y estaba todo muy animado con una pequeña fiesta LGTBI.
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Había un puesto de la armada suiza donde podías probar suerte en la ruleta y aparte de unos chocolates suizos nos dieron un pequeño llaver odel Swiss Army.
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Ya apretando el calor subimos hacia el Muro de Musseg, la fortificación del siglo XIII desde donde también hay unas impresionantes vistas de la ciudad.
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Entramos a una de las torres, la Zytturm, para ver el reloj medieval.
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La idea era hacer el recorrido por toda la muralla, pero estábamos ya cansados y muy acalorados (había más de 30ºC y era pleno mediodía) y decidimos abortar la misión. Yo me quedé con las ganas, pero era inviable. Tampoco había ningún sitio donde para un rato a comer y descansar, así que volvimos a bajar ya cansadísimos.
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Paramos en un tailandés a comer, nos refrescamos un poco, nos volvieron a regalar chocolatinas y volvimos a pasear.
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Llegamos hasta la Kornplatz donde se haya el ayuntamiento del siglo XV, aunque su torre es anterior. Esta plaza también estaba muy animanda y había un espectáculo que ya ni recuerdo de qué era.
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Volvimos a la zona del Kappellbrücke, y por supuesto, más fotos. Es fascinante.
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Pero esta vez cruzamos por otro puente de camino a la Jesuitenkirche o Iglesia Jesuita que parecía estar al borde del agua. Data del siglo XVII. 
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Como habéis podido observar, Lucerna tiene una fuerte tradición católica y fue uno de los bastiones del catolicismo durante la reforma protestante. Si en nuestro anterior viaje a Suiza, en Ginebra nos habíamos encontrado iglesias protestantes y referencias a Calvino, en Lucerna se mantuvo la tradición católica.
La Iglesia de los Jesuitas estaba ricamente decorada, en comparación con la sencillez protestante casi parecía una ostentación deliberada.
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Seguimos el paseo por pintorescas calles y plazas, siguiendo el río en dirección contraria al lago.
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Encontramos otro pequeño puente de madera, el Spreuerbrücke o Puente del Molino. También cuenta en su interior con pinturas, aunque en esta ocasión tratan el tema de la muerte.
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Nos detuvimos en el puente para echar un último vistazo a la ciudad. El río bajaba ya con fuerza por esta zona, donde antiguamente se encontraban los molinos.
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También se divisaban al otro lado del río algunas de las torres del Muro de Musseg.
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Al final, como íbamos bien de tiempo, decidimos despedirnos del viaje con un último baño. Si el primer día fue el río Rhin en Basilea y el segundo el lago de Zurich, hoy teníamos sí o sí que bañarnos en el lago de Lucerna, el Vierwaldstättersee o Lago de los Cuatro Cantones. De camino íbamos viendo los barcos que invitaban a surcar las aguas.
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También vimos un pequeño festival de comida vegana, muy animado.
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Playa de Ufschötti

A pocos minutos de la estación de tren encontramos la Ufschötti Strand, una pequeña playa fluvial perfectamente acondicionada para nuestro baño. Esta vez, además de césped, había incluso arena y hasta duchas y el agua estaba increíble. 
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Hicimos turnos para bañarnos con la mayor, porque la pequeña se había dormido en el carrito. Aunque estaba anocheciendo, el tiempo tan increíble y el paisaje tan espectacular que tratábamos de grabar en la retina cada panorama y saborear cada momento. Era el último día del viaje y pocas veces las naturaleza nos ha dejado tan impactado y la hemos disfrutado tanto. Menuda gozada de vacaciones. Una vez más, volvíamos enamorados de los paisajes de Suiza.
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